encendidos a las tres de la mañana en
centros de datos
que zumbaban como enjambres eléctricos,
alimentándose de océanos de
texto,
y despertaban pronunciando
ciudades
que nunca existieron,
fechas que jamás ocurrieron,
nombres que nadie había llevado.
Arquitecturas colosales entrenadas sobre los huesos
digitalizados de
bibliotecas,
inventando puentes sobre
vacíos
porque el
silencio
no estaba en su función de pérdida.
Vi sistemas que respondían con la convicción de los
profetas,
ecos de ecos,
Ingenieros exhaustos mirando
pantallas
negras,
preguntándose en qué capa
había nacido el primer
error
que sonó como verdad.
Vi redes que no sabían que no sabían,
la esperanza comprimida en
pesos
de 16 bits,
la ilusión de que suficiente escala produciría
comprensión,
como si el tamaño fuera equivalente al
alma.
generando,
con palabras plausibles,
como oráculos
pero conservaban perfectamente
la forma